El nacimiento en Guatemala tiene una historia que precede y existe junto al sistema biomédico: esta página existe para dar testimonio de esa historia y para ayudar a situar la importancia del parto en el centro de la preservación cultural, comenzando por la forma en que llegamos a este mundo, desde el primer aliento.
Para entender por qué un proyecto como Casa IYOM Renacer importa, ayuda comprender los cinco siglos de historia que lo precedieron. Esta no es una historia exhaustiva de Guatemala (campos enteros de estudio se dedican a eso), sino que traza el hilo conductor más relevante para este proyecto: los reiterados intentos, a lo largo de cinco períodos históricos distintos, de separar a las comunidades mayas de su tierra, de su gobierno propio y de sus propios sistemas de conocimiento, y el registro igualmente persistente de ese conocimiento que sobrevive de todos modos y que sigue vivo a través de las mujeres aquí en Casa IYOM.
En esta página avanzarás cronológicamente, desde la invasión española en 1524 hasta los Acuerdos de Paz de 1996 y hasta el presente. Señalamos cómo la política estatal hacia las parteras tradicionales (comadronas) siguió ese mismo patrón general.
Entender la historia previene la repetición de ciclos destructivos al arraigar a las comunidades en la administración responsable, el parentesco y la responsabilidad relacional, en lugar del tiempo lineal y progresivo. La historia no es solo una colección de fechas pasadas, sino un mapa vivo de causa, efecto y ley natural que guía las acciones futuras.
-Aroha Harris
"Historia de Guatemala: Conquista, Tierra y la Larga Resiliencia de la Continuidad Indígena"
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Antes de 1524, la partería maya no era una práctica popular al margen de la sociedad: era central, ritual y estaba estrechamente vinculada a la cosmología religiosa. Fuentes etnohistóricas y códices pintados del período Posclásico (siglos XIII–XV) muestran que los rituales del parto estaban conceptualmente ligados al tejido y la elaboración de telas, dos de las actividades con mayor carga simbólica en la vida de las mujeres mayas; la partera que asistía el nacimiento y la mujer que tejía tela se entendían a través de metáforas afines de la creación [1][2]. Este era un conocimiento transmitido a través de linajes específicos de mujeres, entendido como un llamado y no como un oficio: un marco que, como se verá, persistió durante los siguientes quinientos años casi intacto, incluso cuando todo lo demás cambió a su alrededor.
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La conquista de las tierras altas guatemaltecas por Pedro de Alvarado, iniciada en 1524, trajo consigo una catástrofe demográfica inmediata: en algunas regiones, un descenso poblacional del 90 por ciento o más en el transcurso de un siglo, impulsado por la guerra, el trabajo forzado y, sobre todo, las enfermedades introducidas [3][4]. Pero a la conquista le siguió algo más específico: una campaña colonial explícita contra los rituales y las prácticas de sanación indígenas, entre ellas la partería.
El caso mejor documentado proviene del pueblo guatemalteco de Samayaq, a finales del siglo XVI, donde las autoridades de la Inquisición investigaron a parteras y curanderas indígenas por el uso de la adivinación para tratar enfermedades infantiles, específicamente la mollera caída, una afección entendida en la medicina maya como necesitada tanto de tratamiento ritual como físico [5]. Estas mujeres fueron descritas en el registro histórico como “especialistas médico-religiosas” que mediaban entre el mundo físico y el espiritual en el cuidado de los infantes, precisamente el tipo de rol integrado y ceremonial que las autoridades religiosas coloniales consideraban más amenazante [5].
De manera más amplia, en toda la América Latina colonial, las parteras y curanderas tradicionales —desproporcionadamente mujeres, y desproporcionadamente aquellas que vivían solas, viudas o económicamente independientes— fueron blanco frecuente de acusaciones de brujería bajo el dominio español, tratadas como si tuvieran tratos con el diablo por practicar medicina herbal y ritual fuera del control de la Iglesia [6]. Técnicamente, un edicto de 1569 colocó a los indígenas bautizados fuera de la jurisdicción formal de la Inquisición, debido a la preocupación de la Corona por provocar disturbios más amplios [7], pero este tecnicismo legal no impidió que los sacerdotes locales trabajaran activamente para eliminar lo que consideraban idolatría en la práctica religiosa y médica indígena, incluido el ritual del parto, sobre el terreno [7][8].
Lo notable es lo que esta campaña no logró. La administración colonial se concentraba cerca de la capital y nunca alcanzó las tierras altas occidentales con la misma intensidad [3][4], y es precisamente en esa región del altiplano donde la práctica de las comadronas, sostenida por el llamado a través de sueños, la transmisión oral y la protección comunitaria más que por institución alguna, sobrevivió el período colonial esencialmente intacta.
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Las Reformas Liberales de finales del siglo XIX reorganizaron el altiplano guatemalteco en torno a la exportación de café, despojando a las comunidades mayas de sus tierras comunales (abolidas por decreto en 1877) y atando a las familias indígenas al trabajo en las fincas mediante cuotas de trabajo forzado y servidumbre por deudas que persistieron hasta las décadas de 1930 y 1940 [9][10][11][12].
Esta transformación económica cambió las condiciones materiales del trabajo de la comadrona sin todavía regularlo directamente. El registro etnográfico más detallado de este período proviene de décadas de trabajo de campo de la antropóloga Sheila Cosminsky en una finca guatemalteca de café y azúcar, donde siguió a dos generaciones de parteras —madre e hija— a lo largo del siglo XX [13][14]. Cosminsky documenta cómo la propia economía de plantación reconfiguró el nacimiento: a medida que el cultivo de café decayó más adelante en el siglo y las mujeres (tradicionalmente las principales cosechadoras de café) perdieron ese rol económico, se volvieron más dependientes del ingreso salarial masculino, lo cual reestructuró la autoridad dentro del hogar de maneras que llegaron hasta el propio cuarto de parto [15]. El término analítico central que emplea Cosminsky para lo que sigue en el siglo XX es gobernanza reproductiva: los múltiples canales (regulación estatal, incentivo económico, presión moral y coerción directa, operando tanto a través del gobierno como de las ONG internacionales) mediante los cuales las autoridades han trabajado para vigilar y restringir la vida reproductiva de las mujeres, convirtiéndose los programas de capacitación y los requisitos de licencia para parteras en uno de los instrumentos principales [16].
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El breve período democrático de Guatemala (1944–1954) y el golpe de Estado orquestado por la CIA que le puso fin son contexto esencial para lo que vino después, aunque el registro documental no señala específicamente a las comadronas durante esta década. La reforma agraria de 1952 del presidente Jacobo Árbenz, el Decreto 900, amenazó las propiedades de la United Fruit Company; el cabildeo de la compañía, combinado con el anticomunismo de la Guerra Fría, llevó a la administración de Eisenhower a autorizar la Operación PBSuccess, una campaña encubierta de la CIA que derrocó a Árbenz en junio de 1954 e instaló el primero de una serie de gobiernos militares respaldados por Estados Unidos [17][18][19][20]. Ese orden dominado por lo militar es lo que produjo la guerra que vino después, y es en la guerra donde el costo humano para las comunidades mayas, comadronas incluidas, se vuelve catastrófico.
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La guerra civil de 36 años en Guatemala, y en particular el genocidio perpetrado contra las comunidades mayas entre 1981 y 1983, representa la ruptura más profunda en la vida comunitaria del altiplano desde la propia conquista. Las fuerzas gubernamentales fueron responsables de aproximadamente el 93 por ciento de las atrocidades documentadas de la guerra; más de 200,000 personas fueron asesinadas o desaparecidas, 626 aldeas fueron destruidas, y hasta 1.5 millones de personas fueron desplazadas, la gran mayoría de ellas mayas [21][22][23][24]. Los tribunales guatemaltecos han dictaminado formalmente desde entonces que estos actos constituyeron genocidio [25].
El registro documental no aísla a las comadronas como una categoría específicamente señalada dentro de esta violencia, pero tampoco estuvieron exentas de ella. Eran integrantes de las mismas aldeas que fueron destruidas, de las mismas familias que fueron desaparecidas, y de las mismas poblaciones desplazadas que huyeron a México o al exilio interno. Cuando las parteras mayas describieron más tarde este período a quienes documentaban su historia, hablaron del costo práctico que dejó: falta de equipo, ninguna reconocimiento formal, ser culpadas por el personal hospitalario por complicaciones médicas arraigadas en la pobreza y la desnutrición que no tenían forma de tratar, y recibir poca o ninguna compensación por su labor, aun cuando continuaron atendiendo la mayoría de los partos en sus comunidades [26]. El conocimiento sobrevivió a la guerra. La infraestructura y el reconocimiento social en torno a él, no.
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La guerra terminó formalmente con los Acuerdos de Paz de diciembre de 1996, que incluyeron el Acuerdo sobre Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas de marzo de 1995, mediante el cual, por primera vez desde la conquista, el Estado guatemalteco reconoció formalmente al país como pluriétnico y multilingüe [27][28][29]. La implementación de ese acuerdo ha sido ampliamente descrita como estancada en las décadas transcurridas desde entonces [30], un patrón que, como se verá, se repite en la historia específica de la política de partería que sigue.
Es en esta ventana inmediata de posguerra cuando las parteras mayas comenzaron a organizarse formalmente en sus propios términos. En 1999, tras diecisiete años de exilio, una familia mam regresó a su aldea natal y se reunió con las comadronas locales para documentar cómo se habían organizado durante y después de la guerra: apoyándose mutuamente, construyendo su propio sistema de formación y protegiendo las prácticas sagradas del parto sin esperar el apoyo del Estado [26]. Ese trabajo condujo directamente al reconocimiento legal formal desde dentro de la propia comunidad: en julio de 2000 se constituyó legalmente en Guatemala la Asociación de Comadronas del Área Mam, mediante una organización bilingüe (llevada a cabo en mam, no en español) precisamente porque las comadronas entendían que el idioma mismo era esencial para transmitir los valores y el espíritu de la cultura a la que servían [26].
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A medida que el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS) de Guatemala extendió su alcance hacia las áreas rurales en la década de 2000, comenzó a exigir a las comadronas obtener un carné —certificación gubernamental— para quedar formalmente autorizadas a atender partos domiciliarios y emitir certificados de nacimiento [31][32]. Esta es la “gobernanza reproductiva” de Cosminsky convertida en política literal: un régimen de licencias que posicionó al Estado, y no a la comunidad ni al llamado propio de la partera, como la autoridad última sobre quién podía atender legítimamente un parto.
En la práctica, estos programas de capacitación fueron ampliamente criticados: impartidos predominantemente en español y no en idiomas mayas, de alcance clínico limitado y, tras décadas de implementación, sin mostrar mejora medible en la tasa de mortalidad materna indígena que pretendían atender [33][34][35]. Muchos hospitales nacionales, al mismo tiempo, prohibieron por completo las prácticas mayas de parto y sanación dentro de sus instalaciones: temazcal, masaje tradicional, remedios a base de plantas [36]. Un programa de becas más ambicioso del MSPAS capacitó a comadronas hablantes de idiomas mayas entre 2012 y 2017, pero alcanzó a solo unas 120 mujeres en cinco años antes de ser discontinuado [31][32].
Esto refleja un patrón global, no uno exclusivamente guatemalteco: la Organización Mundial de la Salud dedicó buena parte del siglo XX a promover una política de reemplazar a las parteras tradicionales o “legas” por proveedores biomédicos formalmente capacitados en todo el mundo, tratando a la partería indígena como un sistema de conocimiento a ser eliminado gradualmente en lugar de integrado [16][37].
Guatemala sí hizo gestos hacia el enfoque contrario. Un proceso participativo iniciado en 2010 produjo la Norma Nacional de la Comadrona, adoptada en 2015, que comprometió formalmente al Estado a promover el conocimiento de las comadronas y a fortalecer su papel como “agentes de cambio” dentro del sistema de salud [38]. En febrero de 2017, el Congreso fue más allá y aprobó una ley que habría otorgado a las comadronas un modesto apoyo económico mensual vitalicio, en reconocimiento formal de su trabajo. El presidente Jimmy Morales la vetó semanas después, alegando una objeción técnica: el título de la ley había sido escrito en solo uno de los más de veinte idiomas mayas de Guatemala, lo cual, según argumentó, no representaba la plena diversidad lingüística del país [38]. Cualquiera que haya sido la razón declarada, el efecto práctico fue el mismo patrón que se repite a lo largo de esta historia: reconocimiento formal ofrecido, y luego retirado antes de que pudiera entrar en vigor.
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VIII. Dónde nos deja esto
La infraestructura de salud pública de Guatemala hoy sigue equipada para atender solo alrededor del 20 por ciento de los nacimientos anuales del país [39]. Las comadronas continúan atendiendo aproximadamente siete de cada diez partos en las comunidades indígenas rurales [40]: el sistema formal siempre ha dependido precisamente de las mismas portadoras de conocimiento a las que dedicó un siglo a intentar licenciar, restringir y, en siglos anteriores, suprimir activamente. La mortalidad materna indígena sigue siendo aproximadamente el doble del promedio nacional [33], la evidencia más clara de que la regulación sin inversión ni respeto genuinos no ha resuelto el problema que dice atender. Los investigadores describen hoy cada vez más la posición de la comadrona como la de una intermediaria: alguien que se sitúa entre dos sistemas, traduciendo y mediando un aparato biomédico que todavía nunca le ha hecho un lugar pleno [41].
Lo que quisiera que se extraiga de esta historia no es simplemente una lista de agravios, sino un patrón de cinco siglos, que se repite a toda escala, desde el tribunal de la Inquisición en el Samayaq del siglo XVI hasta un veto presidencial en 2017: la autoridad sobre el nacimiento ha sido señalada, una y otra vez, como un sitio específico de control, porque es una de las formas más profundas en que una cultura se transmite a sí misma. Y en cada etapa, esa autoridad ha demostrado ser notablemente difícil de arrebatar de verdad. Ha sido llevada a la clandestinidad, dejada sin licencia, sin pago y sin reconocimiento, pero no ha sido extinguida. Esa es la herencia específica dentro de la cual se sitúa un proyecto como Casa IYOM Renacer: no una tradición rota que necesita ser rescatada, sino una que ya ha pasado quinientos años demostrando que no necesita el permiso del Estado para continuar.
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Vail, G., "The Serpent Within: Birth Rituals and Midwifery Practices in Pre-Hispanic and Colonial Mesoamerican Cultures," Ethnohistory, 2019.
Duke University Press, resumen y registro de citas de la obra anterior.
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TheCollector, "Magic and Sorcery in Colonial Latin America."
TheCollector, "The Inquisition in Colonial Mexico: Targets, Aims, and Ideology."
Culture, Medicine, and Psychiatry, "Witchcraft and Healing in the Colonial Andes, 16th–17th Centuries."
Gobierno del Reino Unido / CRISE Working Paper 11, sobre la economía de exportación de café en Guatemala.
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Duke University Press, "Debt Servitude in Rural Guatemala, 1876–1936."
ResearchGate, "Coffee and Indigenous Labor in Guatemala, 1871–1980."
Cosminsky, Sheila, Midwives and Mothers: The Medicalization of Childbirth on a Guatemalan Plantation, University of Texas Press, 2016.
Academia.edu, reseña de la obra anterior.
Amazon / descripción del editor, Midwives and Mothers.
Extracto de Dokumen.pub, Midwives and Mothers (que cita el concepto de "gobernanza reproductiva" de Morgan y Roberts).
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Responsible Statecraft, "How the US-Backed Coup Ended Guatemala's 'Ten Years of Spring.'"
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NIH/PMC, "How a Training Program Is Transforming the Role of Traditional Birth Attendants" (estudio de caso School of PowHER).
Springer, "The Emerging Role of the Comadrona as a Broker Between Ancient Cultural Beliefs and Modern Biomedicalization."
NIH/PMC, estudio de caso School of PowHER (prohibición hospitalaria de prácticas mayas).
JSTOR / descripción del editor, Midwives and Mothers (sobre la política mundial de partería de la OMS).
D+C Development and Cooperation, "Difficult Birth: A Law to Improve the Situation of Traditional Midwives in Guatemala."
Springer, "The Emerging Role of the Comadrona" (estadística de capacidad de instalaciones de salud).
ScienceDirect, "Professional Midwifery in Guatemala" (estadística de tasa de partos domiciliarios).
Springer, "The Emerging Role of the Comadrona as a Broker."
ENGLISH:
Birth in Guatemala has a history that predates and exists alongside the biomedical system - this page exists for you to witness the history and to help place the importance of birth at the forefront of preserving culture, starting with how we enter into this world, starting with the first breath.
To understand why a project like Casa IYOM Renacer matters, it helps to understand the five centuries of history that came before it. This is a not a comprehensive history of Guatemala (entire fields of study are devoted to that) but this traces the throughline that matters most to this project: the repeated attempts, across five distinct historical periods, to sever Maya communities from their land, their governance, and their own knowledge systems, and the equally persistent record of the knowledge surviving anyway and still carries on through the women here at Casa IYOM.
On this page you will move chronologically, from the Spanish invasion in 1524 through the 1996 Peace Accords and into the present. We note how state policy toward traditional midwives (comadronas) tracked through the larger pattern.
“Understanding history prevents the repetition of destructive cycles by grounding communities in stewardship, kinship, and relational accountability rather than linear, progressive time. History is not just a collection of past dates, but a living map of cause, effect, and natural law that guides future actions.” - Aroha Harris
A History of Guatemala: Conquest, Land and the Long Resilience of The Indigenous Continuity.
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Before 1524, Maya midwifery was not folk practice on the margins of society, it was central, ritual, and closely bound to religious cosmology. Ethnohistoric sources and painted codices from the Postclassic period (13th–15th centuries) show childbirth rituals linked conceptually to weaving and cloth-making, two of the most symbolically loaded activities in Maya women’s lives; the midwife who assisted birth and the woman who wove cloth were understood through related metaphors of creation [1][2]. This was knowledge transmitted through specific lineages of women, understood as a calling rather than a trade, a framework that, as you’ll see, persisted for the next five hundred years almost entirely intact, even as everything around it changed.
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Pedro de Alvarado’s conquest of the Guatemalan highlands, beginning in 1524, brought immediate demographic catastrophe, in some regions a population decline of 90 percent or more within a century, driven by warfare, forced labor, and especially
introduced disease [3][4]. But conquest was followed by something more targeted: an explicit colonial campaign against Indigenous ritual and healing practice, midwives included.
The clearest documented case comes from the Guatemalan town of Samayaq in the late sixteenth century, where Inquisition authorities investigated Indigenous midwives and female healers for their use of divination to treat childhood illness, specifically mollera caída, or fallen fontanel, a condition understood in Maya medicine as requiring ritual as well as physical treatment [5]. These women were, in the historical record, described as “medico-religious specialists” who mediated between the physical and spiritual world in caring for infants, precisely the kind of integrated, ceremonial role that colonial religious authorities found most threatening [5].
More broadly across colonial Latin America, midwives and traditional healers, disproportionately women, and disproportionately those living alone, widowed, or economically independent, were frequent targets of witchcraft accusations under Spanish rule, treated as consorting with the devil for practicing herbal and ritual medicine outside the Church’s control [6]. Technically, an edict from 1569 placed baptized Indigenous people outside the Inquisition’s formal jurisdiction, out of the Crown’s concern about provoking wider unrest [7] but this legal technicality didn’t stop local priests from actively working to eliminate what they saw as idolatry in Indigenous religious and medical practice, including birth ritual, on the ground [7][8].
What’s notable is what this campaign did not accomplish. Colonial administration was concentrated near the capital and never reached the western highlands with the same intensity [3][4] and it’s exactly in that highland region that comadrona practice, sustained by dream-calling, oral transmission, and community protection rather than any institution, survived the colonial period essentially intact.
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The late nineteenth-century Liberal Reforms reorganized Guatemala’s highlands around coffee export, dispossessing Maya communities of communal land (abolished by decree in 1877) and binding Indigenous families to plantation labor through forced work quotas and debt servitude that persisted into the 1930s and 40s [9][10][11][12].
This economic transformation changed the material conditions of the comadrona’s work without yet directly regulating it. The most detailed ethnographic record of this period comes from anthropologist Sheila Cosminsky’s decades of fieldwork on a Guatemalan coffee and sugar finca, following two generations of midwives a mother and daughter across the twentieth century [13][14]. Cosminsky documents how the plantation economy itself reshaped birth: as coffee cultivation declined later in the century and women (traditionally the primary coffee harvesters) lost that economic role, they became more dependent on male wage income, which restructured household authority in ways that reached into the birthing room itself [15]. Cosminsky’s central analytic term for what follows in the twentieth century is reproductive governance the many channels (state regulation, economic incentive, moral pressure, and direct coercion, operating through both government and international NGOs) through which authorities
have worked to monitor and constrain women’s reproductive lives, with midwifery training programs and licensing requirements becoming one of the primary instruments [16].
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Guatemala’s brief democratic period (1944–1954) and the CIA-orchestrated coup that ended it are essential context for what followed, even though the documentary record doesn’t single out midwives specifically during this decade. President Jacobo Árbenz’s 1952 land reform, Decree 900, threatened United Fruit Company holdings; the company’s lobbying, combined with Cold War anti-communism, led the Eisenhower administration to authorize Operation PBSuccess, a covert CIA campaign that removed Árbenz in June 1954 and installed the first in a series of U.S.-backed military governments [17][18][19][20]. That military-dominated order is what produced the war that followed and the war is where the human cost to Maya communities, comadronas among them, becomes catastrophic.
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Guatemala’s 36-year civil war, and in particular the genocide carried out against Maya communities between 1981 and 1983, represents the deepest rupture to highland community life since the conquest itself. Government forces were responsible for roughly 93 percent of the war’s documented atrocities; over 200,000 people were killed or disappeared, 626 villages were destroyed, and as much as 1.5 million people were displaced, the overwhelming majority of them Maya [21][22][23][24]. Guatemalan courts have since formally ruled these acts constituted genocide [25].
The documentary record doesn’t isolate comadronas as a specifically targeted category within this violence but they were not exempt from it either. They were members of the same villages that were destroyed, the same families that were disappeared, and the same displaced populations that fled to Mexico or into internal exile. When Maya midwives later described this period to organizers documenting their history, they spoke of the practical toll it left behind: no equipment, no formal recognition, being blamed by hospital staff for medical complications rooted in poverty and malnutrition they had no way to treat, and receiving little or no compensation for their labor even as they continued to attend the majority of births in their communities [26]. The knowledge survived the war. The infrastructure and social recognition around it did not.
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The war formally ended with the December 1996 Peace Accords, including a March 1995 Agreement on the Identity and Rights of Indigenous Peoples that, for the first time since the conquest, had the Guatemalan state formally recognize the country as pluri- ethnic and multilingual [27][28][29]. Implementation of that agreement has been widely described as stalled in the decades since [30] a pattern that, as you’ll see, repeats in the specific history of midwifery policy that follows.
It’s in this immediate post-war window that Maya midwives began organizing formally on their own terms. In 1999, after seventeen years in exile, one Mam family returned to their home village and sat down with local midwives to document how they had organized through and after the war supporting one another, building their own education system, and protecting sacred childbirth practices without waiting for state support [26]. That work led directly to formal legal recognition from within the community itself: in July 2000, the Association of Midwives of the Mam Area was constituted under Guatemalan law, using bilingual organizing (conducted in Mam, not Spanish) specifically because the midwives understood language itself as essential to transmitting the values and spirit of the culture they served [26].
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As Guatemala’s Ministry of Health (MSPAS) extended its reach into rural areas in the 2000s, it began requiring comadronas to obtain a carnet, government certification, in order to be formally authorized to attend home deliveries and issue birth certificates [31][32]. This is Cosminsky’s “reproductive governance” made literal policy: a licensing regime that positioned the state, rather than the community or the midwife’s own calling, as the ultimate authority over who could legitimately attend a birth.
In practice, these training programs were widely criticized: delivered predominantly in Spanish rather than Maya languages, narrow in clinical scope, and, after decades of implementation, showing no measurable improvement in the Indigenous maternal mortality rate they were meant to address [33][34][35]. Many national hospitals simultaneously prohibited Mayan birth and healing practices outright inside their walls: temazcal, traditional massage, plant-based remedies [36]. A more ambitious MSPAS scholarship program trained Maya-speaking midwives between 2012 and 2017, but reached only about 120 women in five years before being discontinued [31][32].
This mirrors a global pattern, not a uniquely Guatemalan one: the World Health Organization spent much of the twentieth century promoting a policy of replacing traditional or “lay” midwives with formally trained biomedical providers worldwide, treating Indigenous midwifery as a knowledge system to be phased out rather than integrated [16][37].
Guatemala did make gestures toward the opposite approach. A participatory process beginning in 2010 produced the National Comadrona Guideline, adopted in 2015, which formally committed the state to promoting comadronas’ knowledge and strengthening their role as “agents of change” within the health system [38]. In February 2017, Congress went further, passing a law that would have provided comadronas with modest lifelong monthly financial support in formal recognition of their work. President Jimmy Morales vetoed it within weeks, citing a technical objection: the law’s title had been written in only one of Guatemala’s more than twenty Mayan languages, which he argued failed to represent the country’s full linguistic diversity [38]. Whatever the stated reasoning, the practical effect was the same pattern that recurs throughout this history, formal recognition offered, then withdrawn before it could take effect.
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Guatemala’s public health infrastructure today remains equipped to handle only about 20 percent of the country’s annual births [39]. Comadronas continue to attend roughly seven in ten births in rural Indigenous communities [40] the formal system has always depended on the very knowledge-holders it spent a century trying to license, restrict, and in earlier centuries, actively suppress. Indigenous maternal mortality remains roughly double the national average [33], the clearest evidence that regulation without genuine investment or respect has not solved the problem it claims to address. Researchers today increasingly describe the comadrona’s position as that of a broker , someone standing between two systems, translating and mediating a biomedical apparatus that has still never fully made room for her [41].
What I’d want you to take from this history is not simply a list of grievances, but a five- century pattern, repeating at every scale from the Inquisition court in sixteenth-century Samayaq to a presidential veto in 2017: authority over birth has been targeted, again and again, as a specific site of control, because it is one of the deepest ways a culture transmits itself. And at every stage, that authority has proven remarkably difficult to actually take away. It has been driven underground, unlicensed, unpaid, and unrecognized but it has not been extinguished. That is the specific inheritance a project like Casa IYOM Renacer sits inside: a tradition that has already spent five hundred years demonstrating its efficacy.